
Existen ciertas criaturas en el planeta que desde el principio de la cultura, han sido consideradas como amenaza para la supervivencia del hombre. Hecho paradójico, puesto que de su cuerpo depende la conservación de la especie, pero es que en realidad son terribles, seductoras, engañosas, perversas, extremadamente inteligentes, superiores en fuerza interior, capaces de soportar altas dosis de dolor sin desmayarse, poseen la habilidad de dividir su atención en más de un objetivo a la misma vez, son sensibles, manipuladoras, observadoras, con una intuición hiper desarrollada que les hace parecer a veces como si tuvieran un sexto sentido capaz de leer las mentes, o de interpretarlas según su conveniencia.
Esas son las mujeres. Y yo de verdad las odio.
No obstante el hecho ineludible de que soy una de ellas, desde hace unos años para acá, no he dudado en reconocer cierto grado de misoginia que me ha sido reforzada por la propia historia, siempre rodeada de una gran diversidad de relaciones con mujeres de todo tipo.
Y aún así, en verdad soy feminista.
Habiendo crecido en un matriarcado que sigo perpetuando en mi propia relación con mi hija, he aprendido a ser de esas mujeres fuertes, inteligentes, observadoras, meticulosas, exigentes, perfeccionistas, hasta cierto punto individualistas y hasta cierto punto sobreprotectoras. Soy una de esas mujeres peligrosas para la supervivencia del hombre: soy dominante, excesivamente apasionada, desbocada en el momento de amar, entregada y exigente a recibir placer en la medida en la que estoy dispuesta a darlo. Inquieta e inquietante, orgullosa y vulnerable...
No sé si por eso la convivencia con mis congéneres siempre se me ha puesto difícil: estudié una carrera predominantemente femenina, la mayoría de mis jefes de trabajo han sido mujeres, y la mayoría de mis amigas son super hembras temperamentales con carácter muy difícil. Crecí jugando con mis primos varones y por tanto, sintiéndome mucho mejor entre 'machos' que entre 'viejas'.
¡Cómo no iba a ser misógina entonces!
Sin embargo fue a través de la escritura de algunas de ellas, que pude mirar como quien ve a través de una red transparente la sangre que mana de una profunda herida, de un incurable estigma.
Entendí mejor que de otras formas, que este ser indiscutiblemente poderoso, históricamente marginado por sus características de género, incomprendido, mal interpretado, discriminado y sobajado, llora detrás de la tinta con la misma fuerza con la que es capaz de defender su derecho a tener un lugar en la tierra.
Después de sostener una máscara de agresividad contra Amanda Catalán, promesa de las letras chilenas, encontré a la mujer que está detrás de esos párrafos de manufactura casi perfecta: un ser paciente, noble, leal, incondicional que me hizo tirar la careta como quien tira la toalla sobre el ring.
A través de la convivencia directa con las ingeniosas frases y la exquisita poesía de Gloria Rodríguez, encuentro a la mujer sensible, delicada y auténtica que se esconde atrás de la imponente personalidad de una futura estrella de la escena mexicana. Ante ella doblé las manos como el cachorro con el humano que le acaricia.
Luego de seguir las letras radicales de Elisa Altamirano, y aunque esta historia de amistad no llegó a buen término, encontré la fragilidad de un alma dolorida, siempre ansiosa de hallar el camino a la felicidad que cualquiera anhela, y que cada quien tiene derecho a buscar por sus propios medios. No pude más que dar la espalda, y respetar el rumbo de su propio arado.
Y leer, luego de veinte años de ausencia, la escritura de 'Carola' Gallegos, descubriendo entre sus puntos y sus comas una adolescencia perdida, una inocencia sostenida y una enorme riqueza interna, fue para mí observar el espejo de una infancia añorada, sonreírle a la posibilidad de permanecer y evolucionar al mismo tiempo, de ser congruente y soñadora, de ser pequeña y gigante una misma persona.
Conectarme con ellas y otras muchas más, es darme cuenta de que las mujeres que escriben, son mujeres completas. Mujeres que se atreven a buscar su voz a través del único medio que reproduce casi fielmente lo que el alma siente, el medio que en automático va brindando descanso al espíritu conforme viajan los dedos por el teclado, o a medida que danza la pluma sobre la hoja de papel.
Esgrimen la tinta y los bits de memoria que ocupan sus caracteres como el arma blanca que significa gritar en silencio, llorar sobre pañuelos virtuales, hombros rígidos que registran fielmente la alegría y la rabia, el desconsuelo y la pasión que sólo son justificables desde el lado femenino que todos poseemos.
Las mujeres que escriben son unas guerreras, no se conforman con parecer fuertes si no se equilibran echando esos estorbos del inconsciente al mundo tangible para ser apreciados, criticados, disfrutados.
Tal vez siga odiando a las mujeres, con ese odio solidario y competitivo con que amamos las féminas, pero respeto y quiero intensamente a las mujeres que escriben, mujeres que sigo llamando Amigas.
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