
Han pasado ya los primeros seis meses de este 2011 que prometía darme muchas situaciones, reflexiones y anécdotas para compartir.
Abrí este blog, una de las pocas cosas de valor que poseo, con toda la intención de escribir muy seguido, de vertir en cada post mis sentimientos, mis ideas, y todo aquello que se me fuera ocurriendo, como ya sucedía en los dos blogs anteriores (Tortura en Tierra de Ciegos, blog de opinión; y La Locura de estar Viva, blog de desahogo personal.)
Sin embargo he estado tan ocupada, que los sabores de la caja de bombones se me han mezclado en el paladar, creando literalmente una revolución muy sutil, muy inocente: arrolladora.
Inicié el año retándome a mí misma a anestesiar los sentimientos, atándome el corazón con alambre de púas como tantas veces lo dije, a intentar no sentir, a intentar extirpar un amor que me nacía del tuétano...pero no pude. Sin embargo conseguí aprender ciertas cosas de mí y de los otros que en ese momento no hubiera cambiado por otro beso de sus labios.
¿Para qué vivir? ¿Vivir para ser reconocido por alguien que amas pero que parece no querer enterarse de que estás ahí? Así, como en esta escena. ¿O vivir para demostrarte a ti misma lo que eres capaz de hacer y cargar con el aprendizaje como un saco de diamantes que cada vez pesa más? Entendí que esto último era lo mejor.
Me dediqué a lo mío, a trabajar por mí y a ayudar a quien le hiciera falta, a quien sí pudiera valorar mi esfuerzo, a quien pudiera mirar a los ojos y sonreírle sin miedo... y crecí.
Terminé una tesis que al tenerla entre mis manos, con casi 150 páginas de grosor reflejaba tal crecimiento, que podía leerse en la claridad de mis ideas, en el compromiso de mi formación y en mi pasión interminable. Pocas veces me he leído a mí misma con un nudo en la garganta.
Me volví más cariñosa, descansé del amor triste y lo convertí en amor sencillo, sin aderezos agridulces. Hoy no puedo decir que no le amo, ni tampoco que no estoy enamorada. Lo estoy, y cada día más, pero lo disfruto. Disfruto la distancia en lugar de padecerla, y disfruto la paulatina cercanía que se ha venido dando de modo virtual, casi sin querer.
Estoy a la mitad de mi vida de este año y tengo muchos proyectos. Unos como siempre, se manifiestan en los sueños, y los visualizo terminados, con todo y aplausos. Otros vienen intermitentemente y se van, desaparecen. Vivo mi vida de forma tranquila, sin presiones ni culpas. No me deja de morder la realidad en las noticias, en el acoso de Hacienda, en el espejo, en la soledad... pero puedo sonreírle. Ya puedo.
No sé si al terminar el año esta actitud que verdaderamente me ha revolucionado se establezca o desaparezca, pero de momento no quiero hacer nada más que vivir la vida, trabajar cada minuto por ser feliz.
Veo la lluvia caer, me protejo, voy cautelosa... veremos si al final del día logré dejar que me empapara, o corrí a guarecerme en un obscuro refugio sin ventana y sin salida.
No puedo esperar a saber qué pasará. Amo la vida.




















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