Había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo vi, que casi no lo reconocía. Me había hecho a la idea de que nunca había existido, de que sólo era un sueño viejo de mi niñez.
Lo recordaba como un potrillo patoso que un día se me extravió como se les perdió a muchos, de un momento a otro, en un parpadeo, como se pierden los sueños que son tan de humo.
No hice el intento de buscarlo porque pudo más mi enfado debido a su repentina ausencia. Preferí vivir el duelo pensando en que no lo necesitaba ni lo merecía por no saber cuidarlo, y que seguramente estaría mejor en otro lado que no fuera conmigo.
Fue entonces que poco a poco se fue apareciendo. Como aparecen los sueños, sin aviso previo. En el horizonte se dibujaba una silueta difusa que no supe distinguir cuando se acercaba, hasta que ya me estaba mirando en sus ojos profundos, de frente. Ambos éramos fuertes y muy distintos.
Sin pensarlo trepé y me uní a su galope sintiendo el viento arrancarme los miedos.
Se ve todo tan bonito desde estas alturas...




















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