Ojos de Juventud






















Había estudiado todos sus movimientos. Tenía analizada su caligrafía, sus gestos, su timbre de voz, su sonrisa, su silueta. Todo parecía indicar que había dado en el clavo: aquel presentador de televisión que noche a noche informaba en el noticiero era la mano ejecutora detrás de esa serie de asesinatos sin descubrir...pero, ¿quién se lo creería? ¿Quién le creería a ella, modesta periodista de espectáculos sin estudios de criminalística? ¿A dónde llevar la denuncia? ¿Cuál sería su recompensa? ¿Dejar de mirarle en pantalla para no poder visitarlo siquiera en prisión?

Muchas veces antes había tenido la oportunidad de acercarse a él y hablarle, pero lo más importante era esa imagen siempre elegante, pulcra, impecable, inmaculada...rodeada de un séquito de maquillistas, libretistas, camarógrafos, directores, compañeros de set. Había que cuidarla, mantenerla, venderla, perpetuarla. Por eso cada oportunidad se escapaba en el último segundo. Sólo el corazón parecía detenerse cuando a través del minúsculo audífono insertado en su oído, escuchaba su voz mandándola a enlace.

"Estamos aquí a las afueras del concierto..." titubeaba segura de sí, concentrada en trabajar, exterminando la pizca de atención que le robaba ese timbre sedante que hablaba desde el estudio. Parecían eternidades los breves contactos, la amabilísima frialdad con que decía su nombre en cadena nacional. Mirando al ojo electrónico, añoraba esos ojos profundos, la piel perfectamente bien maquillada, el escaso cabello pegado al cráneo con vaselina perfumada, casi podía imaginar que estaba ahí enfrente, pero nunca lo había tenido tan cerca.

El titular del programa nunca salía por la puerta que estaba detrás de las cámaras, donde ella aguardaba pacientemente a que terminara la emisión para después retirarse con la extraña sensación de haberlo visto en persona...y en personaje a la vez. Para sumirse en las fotos, las grabaciones, las revistas, los papeles que sin recordar cómo, tenía escritos de su puño y letra.

Pero aquella ocasión fue extrañamente diferente. Luego de que le fue retirado de entre las ropas el incómodo micrófono, el radiante caballero avanzó hacia ella, como si supiera que le aguardaba siempre detrás de la cámara tres. La reportera lo miró sintiendo una vez más que su pulso se congelaba, no podía aguardar un segundo más a tenerlo cerca, cuando súbitamente pasó de largo y se detuvo sólo a un paso detrás suyo. Reclamó algo incomprensible sobre la sincronía entre el apuntador y el tele prompter, y ella lo escuchó a centímetros, sin respirar.

Después de haber sido llenado de halagos, disculpas y promesas de no volver a cometer el mismo error, el fino caballero guardó silencio unos instantes, como si fuera un escapista que de súbito se hubiera esfumado. Fue hasta entonces que ella volteó, al tiempo en que él retrocedía un paso y se asomaba a reconocer su rostro.

Nunca habían estado frente a frente, nunca se habían saludado de forma directa. Se podría decir que la familiaridad que fingían ante la cámara era un burdo montaje, ya que en realidad nunca habían cruzado palabra, nunca se habían respirado, jamás antes se habían sentido.

Tras largas milésimas de segundo que parecieron años, los espejos del alma dejaron ver futuro y pasado de sus dos vidas, se miraron desde lo profundo, se midieron y se encontraron. Como única respuesta su sonrisa torcida la dejó colgada de un sueño, enlazada a una obsesión.

En un momento incierto, de esos cuyo minuto y segundo exacto son difíciles de calcular, una suave melodía de piano comenzó a escucharse. Violines inquietos y cuerdas de todos los grosores tejían la travesura que casi podía tararear.

Avanzó entre nubes por las calles más transitadas escuchando ese vals en su cabeza, esa melodía jocosa que de un momento a otro le había quitado toda proporción de angustia en la sangre y que la motivaba a avanzar entre la multitud sin tener preocupación ninguna. Le conocía, le conocía perfectamente, lo sabía, lo había comprobado, había leído en sus ojos la verdad de las imágenes que tanto había indagado, su extraño estado taciturno, su fría y desgarradora sonrisa. Los cabos sueltos encajaron perfectamente en la madeja: casi podía sentir en su propia sangre la pasión con la que ejecutaba y la quietud con la que limpiaba sus manos. El violín llorón seguía burlándose de su locura, mientras sus tacones acompasaban su andar sobre la banqueta, con rumbo fijo.

No tardó demasiado tiempo, parecía flotar, percibía una urgencia nunca antes sentida y eso la hizo acelerar el paso. Parecía una especie de embrujo que le había desconectado la percepción de todo sonido hasta que entró al hotel y por fin halló sincronía con la realidad: un pianista ciego ejecutaba Ojos de Juventud en el recibidor mientras un grupo de cuerdas rasgaba con energía el acompañamiento que armonizaba con lo acelerado del corazón.

Se detuvo en seco, entregó su abrigo a la mano que se lo pedía y buscó en ese espacio gigante, lleno de mármol, terciopelo rojo y detalles dorados, al elixir que la haría cómplice, asesina, amante, que la haría sentir viva en el último parpadeo. Parecía que había dado mil vueltas por el lugar sólo con las pupilas, y siempre aparecían las mismas imágenes, provocándole un súbito vértigo en donde se repetía el piano, los músicos, el guardarropa, el recibidor, la cantina, los sillones, el elevador, el restaurante al fondo... detalles todos que se esfumaron cuando una mano tibia se colocó suave sobre su hombro y la giró hasta tenerla a milímetros del rostro. No cabía la menor duda: esa noche le esperaba la muerte. Y ahora sí nadie sabría, nadie más podría descubrirlo. Seguiría matando a capricho y voluntad mientras noche a noche pudiera enamorar a los televidentes con su enorme carisma y credibilidad en la noticia. Moriría esa misma noche, y con ella, el secreto de ambos. La sola idea la llenaba de temblores. La música iba creciendo sin miramientos, alocada, jovial como aquellos ojos, aquellos ojos que la hacían girar en medio de un irónico vals cuyo romance era una farsa, y cuyas notas golpeaban el alma cual carcajadas en medio del terror.

Bailaban, volaban sobre el mármol del recibidor de aquél hotel sin ser conscientes de ellos mismos. Fundidos en estético abrazo de baile ignoraban saber que eran víctima y victimario. Las cuerdas gimieron como preludio al final hasta que se desangró el último acorde. Se unieron, y las últimas vibraciones del piano y los violines llenaron el aire. Él sólo quería besarla. Ella sólo quería morir.

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