Encuentro.


El dibujo en oro de unos guantes y un collar de perlas, indicaba en la puerta que tras ella estaba el tocador reservado a las mujeres, mientras que un bombín y un bastón del mismo material decoraban la puerta obscura del baño de caballeros.

Ella avanzó hacia el estrecho pasillo temerosa de sí misma. Muy a pesar suyo era consciente del oleaje de atracción que esparció desde el momento mismo en que se disculpó para retirarse de la mesa.

Él dudó algunos segundos, pero el calor que invadía todo su cuerpo le impulsó a ponerse de pie ante la mirada de disimulo del resto de comensales. Caminó pasándose una mano con la nuca y se encontró con la breve distancia que separaba una puerta de la otra. Sólo un espejo de cuerpo entero separaba los dos cuartos de baño, y al verse avanzar engalanado en aquél traje de etiqueta, se detuvo en seco. ¿Qué esperaba que sucediera?

Se miró de pies a cabeza intentando guardar la calma: se gustó a sí mismo. Ni siquiera ella, tan acostumbrada que estaba a arreglarse frente a un cristal, se tomó el tiempo suficiente para ver cómo lucía. Había mirado de reojo su estilizado reflejo al pasar, y ahora se enfriaba las manos bajo el chorro de agua esperando minar el volcán en su pecho.

Refrescó el emergente deseo que surgía cada vez que volvía a verlo, observó complacida el perfecto rojo quemado de sus labios y salió conteniendo la respiración hacia el pasillo en donde de inmediato se encontró con esa mirada provocativa y directa que la traspasaba hasta hacerla sentir recién nacida.

La pesada puerta la empujó a dar el único paso que los separaba en el angosto espacio, y quedó a su merced percibiendo su respiración pausada en su propio aliento. Los labios entreabiertos de dos bocas que extrañaban sentirse emitieron un gemido inaudible a modo de saludo, mientras una discreta mano adornada con brillante anillo de lord exploró su talle. Ya no había más que fingir en aquél sitio. Era un lugar intimista, ideal para ocultarse de todo el barullo de la elegante fiesta que tenía lugar en aquél restaurante.

Nadie parecía pretender siquiera visitar los tocadores, el tiempo se había detenido, y el sonido de cubiertos, murmullos y pasos de repente comenzó a disiparse. Siempre había silencio alrededor cuando se encontraban cerca. No importaba cuán lleno estuviera cualquier sitio, sus oídos se agolpaban en el sonido de sus mutuos latidos, y en el miedo de estallar delante de todo el mundo.

-Vámonos de aquí. Tengo el coche afuera.- Susurró él como en una plegaria. Ella ensayó alguna excusa que no pudo emitir debido a que los labios de él le sellaron suavemente cualquier intención de evadirse. -Shhh... no digas nada.- Y abrazó su mano enguantada conduciéndola directamente a colgarse de su brazo. Salieron orgullosos, afrontando las miradas de cuanto curioso se cruzó en el camino y pretendió sorpresa al mirarlos tomados de esa manera. Él saludaba cortésmente con una inclinación de cabeza y ella sonreía con timidez y rubor en las mejillas.

Pidieron sombrero y abrigo para salir al mundo.

Afuera no había coche tirado por caballos, ni glamour, ni vestidos de época. Era el siglo XXI por la mañana. Cada uno frente a su propia pantalla. Silencio mortal.

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Hortensia Martínez Design by Insight © 2009