
Cansada de andar las calles eleva la vista y repara en un letrero luminoso en la esquina de la calle. Corre a refugiarse del agua que empieza a violentarse, pasando de ser una tibia llovizna a una tormenta feroz. Cierra la puerta tras de sí y quitándose discretamente el abrigo, lo coloca en una silla cercana a la entrada y toma asiento en el primer lugar disponible.
Parece haber entrado en un sueño, en una dimensión distinta pero no por ello desconocida. Puede ver lleno el lugar, atentas las miradas al micrófono iluminado en una esquina. El sitio está lleno de humo de cigarro y un olor penetrante a café que le alerta los sentidos.
Busca reconocerse en sus ojos, pero no lo consigue. Parece como si esa mujer rubia, al parecer visitante asidua, hubiera sido cercana en otro tiempo... pero entre todas esas mujeres que ríen y comentan entre sí el seguimiento de una historia que le parece ajena, ella se siente una intrusa que apenas pasó por ahí a refugiarse de sí misma.
Entonces se queda. Acepta gustosa el café humeante y bebe un sorbo. No está frío ni caliente, su sabor le trae un deja vu de infancia, como si de pronto volviera en el tiempo a algún lugar que fue su casa. Nadie la nota.
De pronto las voces se callan y expectantes, observan la delgada figura de aquélla chica que toma asiento en el banquillo alto que se encuentra junto al pedestal. Sonríe. Las luces sobre el escenario no le permiten reconocer a nadie a la distancia, pero ella sí sabe bien quién es. ¡Cómo olvidar sus facciones orientales, su sonrisa extensa y su cabello suave! ¡Cómo no reconocer el acento sureño que le arranca una emoción ingenua tan pronto la escucha hablar!
-"¿Y si no hubiera un mañana?"- anuncia el título sonriendo con la satisfacción de saberse autora de una obra que, como siempre, tocará los corazones de todos los presentes...La concurrencia se remueve en sus asientos, bebe café, prueba una galleta, se coloca los anteojos, se acomoda un cojín tras la espalda, aplaude, se emociona, ríe.
Las primeras palabras sirven apenas para acostumbrarse al dulce acento; las que siguen, para engancharse a la voz pícara y segura de sí misma; el resto para empezar a ver las imágenes, reconocer los rostros, recordar esos dos nombres: Harry y Hermione... recordar el resto, visualizar gestos, imaginar escenarios, escuchar los diálogos en voces de dos actores famosos, hoy lejanos de todo ésto...
Sentir su respiración detenerse, identificarse, asociar ánimo e ideas con la pesada vida propia. Difuminar los ojos de Harry y fundirse en el verde de otros ojos semejantes, sentir en la propia piel su aliento seco en el recuerdo, mirar a través de unos ojos tan castaños como los suyos, y llorar también a través de ellos. Reparar en que dentro del viejo saco de cuero que contiene maquillaje teatral, agenda gruesa y libros de clases, viven unos papeles sueltos que revolotean en el interior de su prisión curtida, deseando volar hasta el escaparate aquél y cobrar vida a través de un pequeño aparato de audio.
Mudblood recuerda su nombre, recuerda el de Andrómeda, la reconoce a la distancia y desespera por que la luz se medie y ella baje a abrazar a su gente, entre la que se encuentran nombres y almas conocidas de un pasado casi ausente. Ojalá me abrazara también a mí... como un viejo visitante que ha recorrido caminos, y que aparece de paso, de improvisto, de momento, para luego volverse a ir...
Por ahora, hace mucho frío... sólo quisiera entibiar mis dedos.
Esa noche en la Coffee Shop, Mud escuchó una historia que le dejó las manos temblando: ¿Y si no hubiera un mañana? ¿Escribirías nuevamente? Puede ser hoy el momento, o tal vez volar las notas, para que poco a poco encuentren su voz.




















